Este lugar ofrece paisajes únicos con fósiles jurásicos, flora interesante y cascadas ocultas, ideal para explorar su belleza natural y riqueza histórica.
En toda la red de caminos de Cabra hay pocos nombres que contengan tantas connotaciones como el camino que da pie a esta ruta. El tiempo guardará el secreto de este calificativo, si bien nos permite jugar a adivinar el por qué de este singular topónimo.
El Cerro Lóbrego es una elevación alomada del terreno, de naturaleza calcárea y forma redondeada, cuyas laderas se asemejan al lomo de un elefante, de acusadas pendientes en su ascensión y cumbre roma, carente de accidentes geográficos acusados que lo adornen. Por no tener, no presenta ni vegetación de un porte relevante. Lejos de ser un lugar oscuro y sombrío, como cabría deducir de su nombre, es lo que comúnmente denominaríamos como una sierra pelada, a merced de los vientos y el sol. De ahí seguramente parta este topónimo, de la aparente desolación, tristeza y, en cierto modo, temor, que provocan paisajes tan desnudos y desamparados.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad, este aparentemente inhóspito enclave serrano atesora muchos más valores de los que muestra a simple vista. Su superficie es un extenso lapiaz horadado por el infatigable discurrir del agua de lluvia, salpicado de numerosos restos fósiles de animales marinos del jurásico y dando cobijo, entre roquedos y grietas, a interesantes especies de flora. Numerosas orquídeas son las que, de forma efímera en una explosión de vida primaveral, tapizan el suelo con abejeras y espejos de Venus, mientras que aisladas peonías denuncian la ausencia del encinar que antaño cubría estas laderas y del que únicamente quedan aislados ejemplares centenarios.
Esta ruta, pues, pretende reclamar la importancia de lugares como éste, un aparentes secarral dispuesto para ser convertido en árido o material para la construcción por la cantera cercana del que se ha olvidado hasta la existencia del camino que lo atraviesa, cayendo en el olvido y esperando que ser reclamado para su uso.
A partir de aquí el recorrido nos ofrece la oportunidad de conocer uno de los parajes más bellos, singulares y desconocidos del término de Cabra. A los pies del cerro de calizas nodulosas que eleva el Cortijo de la Parrilla, se encuentra la fuente del mismo nombre y el nacimiento del arroyo del Alamedal, también conocido como de la Losilla, el cual forma en este punto una pequeña cascada. La presencia del agua y la conservación de la vegetación natural autóctona, carente de carriles que permitan el acceso con vehículos rodados y situada a las espaldas de las principales vías de comunicación de la zona, se ha permitido conservar un paraje de gran valor paisajístico, donde antaño acudían a abrevar el ganado de todos los cortijos circundantes.
Desde aquí, las encinas centenarias que salpican las sierras de Gaena, el cortijo de la Losilla y el conocido como Valle de los Fósiles terminan de conformar un reclamo más que justificado para realizar este trazado semicircular.
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